Lo del árbol.
Acabo de ver pasar una historia de “noche en Urgencias” y creo que es una buena excusa para contar lo de la noche en que a Miguel le atacó un árbol y acabamos en Urgencias. ¿Le atacó un árbol? Efectivamente, le atacó un árbol. Pero antes de llegar a eso -y a todo lo de después-, un poco de contexto. Hace como 25 años cuando las noches de sábado se nos alargaban más de la cuenta, un colega al que no voy a poner nomb… mierda, creo que es tarde para eso porque escribí Miguel antes, bueno, da lo mismo. El caso es que decidió batir el récord de tequilas consecutivos que ostentábamos Juha y yo.
Decidido y con decisión se bebió quince tequilas pasándolos con jarras de cerveza con limón. No es que seamos de naturaleza competitiva, teníamos nuestro récord en quince en distintos sitios, años y condiciones pero a ver, no nos apetecía demasiado que nos los jodiese con el dieciséis así que no sé de quién salió la cosa pero le planteamos que en estático no valía porque nosotros nos los habíamos bebido en su día en diferentes pubs, no sentados en el mismo sitio. Así que Miguel dijo pues vale, vamos a otro bar.
En la esquina estaba, está y seguramente estará por mucho tiempo el árbol. Era un árbol acostumbrado a la vida dura sobre todo en los fines de semana por aquello de vivir en una zona de bares. Un árbol que se las sabía ya todas por aquel entonces. Y cuando al pasar Miguel trató de darle una patada, le hizo un quiebro. ¿Se cayó en el alcorque? Efectivamente. Como un saco de patatas. Lo ayudamos a levantarse pero a la tercera vez que volvió a caerse como un saco de patatas ya nos dimos cuenta de que su pierna no estaba bien. Lo de caerse y los gritos. Pistas.
De alguna forma entre unas cosas y otras acabamos en Urgencias. Sábado por la noche de cuando las noches en Urgencias molaban, mínimo doscientas personas borrachas en Urgencias haciendo fila. Ha perdido mucho, ya no es lo que era. El primer momento glorioso de la visita a Urgencias, cuando la médico y la enfermera trataban de quitarle los pantalones y Miguel soltó “es la primera vez que me desnudan dos mujeres”. Luego vino el momento bolígrafo. Cuando no sé qué cuernos tenía que firmar, la médico le preguntó si estaba en condiciones de hacerlo, Miguel le respondió que sí pero al firmar el bolígrafo salió volando. Luego el momento silla de ruedas. No es tan fácil mantener en una silla de ruedas a una persona con una pierna estirada. Hay que ponerle una tabla. Y sujetarlo de los hombros mientras mueves la silla si en vez de persona parece una masa de blandiblu escurriéndose que farfulla y/o grita cosas del tipo “¡No voy a poder volver a hacer deporte!” y no reacciona bien a respuestas tipo “Pero si no has hecho deporte en tu vida, Miguel” porque “¡a mi primo le pasó lo mismo!”
Y luego llegó el pináculo de la comedia. Los rayos equis. Para confirmar la lesión de menisco que aquella aciaga noche frustró su carrera como deportista de élite que podría haber comenzado algún día, el día en que le hubiera apetecido hacer deporte. Estábamos fuera, los enfermeros decidieron que no nos necesitaban y que podían manejar a Miguel ellos solitos. Craso error. De repente se empezaron a oír gritos y juramentos al otro lado de la puerta. Miguel les acababa de vomitar en la máquina de rayos equis.
En fin. Eran otros tiempos.
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